"Después de haberle hecho algunos arreglillos seguimos con esta historia...
-El Carcelero"
LA OSCURIDAD
Al despuntar el día los medios de comunicación traían las malas noticias de que se habían encontrado muertas a cinco personas, tres literalmente comidas, como si un animal salvaje se hubiera ensañado con ellas y dos que llevarían muertas cerca de veinte o treinta días.
La policía estaba desbordada ya que en menos de un mes habían aparecido muertas ocho personas y buscaban a otras tres que estaban desaparecidas.
El amanecer dió paso al día. Este, como si temiera que algo le pudiera ocurrir intentó pasar inadvertido y dejó que la noche se abalanzara sobre la ciudad... y con ella volvieron todos los males del mundo.
El vagabundo se había pasado todo el día buscándola. Y había ido dejando pistas para aquellos que como él, también se alegrarían de encontrarla.
Hacía unas horas que pensaba que había encontrado la guarida de la bestia.
Un edificio semiderruido en las afueras de la ciudad. Si se sentía reacio a entrar, no era por cobardía, sino, porque no sabía como iba a conseguir lo que necesitaba de aquella criatura tan necia.
Después de mirar a ambos lado de la calle escrutando la oscuridad decidió entrar en el edificio.
La puerta de la portería tenia los cristales rotos por lo que pudo entrar con facilidad. Había dos escaleras, una que subía a los pisos y otra que bajaba, donde seguramente antaño vivía el portero del edificio.
Olía a una mezcla de excrementos, sangre y carne en descomposición. El anciano, supo con seguridad que la bestia se escondía allí mismo.
Decidió bajar hacía el piso del portero. La escalera tan solo tenía dos tramos de unos diez escalones. Pese a ello, el vagabundo los bajó cuidadosamente tanteando con una mano la pared. Porque no llegaba la luz de la luna que era la única luz en la noche por aquel barrio y al final de las escaleras estaba totalmente oscuro, y miraba con cuidado donde ponía cada pié. A cada paso que daba la peste a muerte y suciedad se incrementaba.
Al final de la escalera llegó a una puerta. Estaba desencajada de los goznes y medio abierta.
De su interior surgía una profunda oscuridad.
El vagabundo se quedo quieto y no se atrevió a tocar la puerta. Allí delante se pasó horas enteras. No es que tuviera miedo a aquella oscuridad, ni a lo que iba a encontrar dentro. Es que cada vez que entraba en una de aquellas guaridas, infinidad de recuerdos volvían a su mente y durante semanas tenía pesadillas sobre su pasado.
Intentando bloquear su mente a la riada de recuerdos que empezaban a aflorar se decidió.
El anciano se hecho la capucha sobre la cara y con paso decidido entró en la oscuridad.
LA GUARIDA
Los pasos de dos hombres recorriendo la sucia calle de aquella parte de la ciudad resonaban como truenos en la calma y quietud de la noche.
Su objetivo: un edificio semiderruido que se encontraba casi a las afueras.
Por fin llegaron a su destino y se dispusieron a entrar.
Cada uno de ellos llevaba una bolsa de equipaje negra que dejaron en el suelo.
-Bien, ahora preparate. -dijo el mas viejo de los dos. No te preocupes por que sea tu primera
cacería, esta bestia es de las pequeñas.
Pese a que había encontrado la guarida por que alguien había ido dejando claras referencias hacía donde dirigirse no se sentía intranquilo, ya que por alguna extraña razón le venía la imagen de un vagabundo cada vez que pensaba en el que las había dejado.
-¿Como lo sabes? -pregunto el aprendiz de cazador mientras se colocaba el cinto de armas y cargaba el fusil.
-Fíjate. -le dijo su instructor señalando la calle y los edificios. El edificio está casi derrumbandose, y está ubicado en las afueras. Cualquier bestia fuerte y segura de si misma no se escondería tanto de nosotros. Se buscaría una guardia en el centro o en el casco antiguo, donde pudiera conseguir carne fresca mucho más rápido para crear sus carroñeros.
Después de eso, convenciendo a su aprendiz de que no había mucho peligro terminó de prepararse. Se ajusto las muñequeras y gebras tachonadas que eran su distintivo de cazador, agarró también un fusil de su bolsa y con un movimiento de cabeza le indico a su aprendiz que le siguiera.
La puerta del edifico estaba abierta y dentro había un fuerte olor a podrido. El aprendiz justo al entrar y sentir ese nauseabundo olor comenzó a tener arcadas, que fueron reprimidas fugazmente por una intensa mirada de su maestro.
Dos escaleras, una de subida y otra de bajada se interponían entre ellos y la bestia.
-Dime, ¿que camino elegirías? -le preguntó en un susurro.
El aprendiz dudó un momento.
-Hacia arriba. -repondió. Hay muchas habitaciones y pisos donde esconderse, y en caso de que le encuentren es mas fácil escapar.
El maestro se le quedó mirando estoicamente sin decirle si su exposición era correcta o no.
Después se encajó el fusil en el hombro y se dirigió hacia las escaleras que bajaban.
El aprendiz confundido siguió a su maestro y le preguntó en voz baja.
-¿En que me he equivocado? Allí abajo solo hay una entrada y en caso de que lo encontremos estará atrapado.
-Has pensado como un humano y ellos ya no lo son. Odian la luz. prefieren sitios oscuros y estrechos. Además de allí abajo surge este pestazo. Cuando no sepas que camino elegir, sigue siempre a tu olfato.*
El maestro fue bajando las escaleras poco a poco intentando no pisar en el centro de los escalones.
-Cuidado donde pisas, nunca se sabe lo que la bestia ha preparado para los intrusos...
LA SANGRE
El anciano susurro unas palabras. Poco a poco la oscuridad que lo envolvía se fue difuminando y al cabo de unos minutos pese que la oscuridad lo rodeaba todo, él veía como si fuera de día.
Aunque ahora que veía, hubiera preferido no hacerlo. Se encontraba en la entrada de la casa, la sangre decoraba el suelo, paredes e incluso el techo. Por todos lados había excrementos y trozos de hueso y carne, humanos sin duda.
Caminó por el pequeño pasillo y llegó a lo que antes fuera el comedor. Que por los restos aun lo seguía siendo. El anciano se detuvo. Ahora había tres puertas, una de ellas que estaba entreabierta daba a la cocina, había enormes charcos de sangre, y toda ella estaba teñida de rojo, de las paredes colgaban un par de torsos con cuchillos clavados.
Entonces escuchó un sonido, una especie de gemido de dolor.
La bestia tenia invitados, pensó el vagabundo. Y se dirigió sigilosamente hacía la puerta de donde provenía el sonido.
Cuando llegó a ella la abrió de una patada.
Dentro estaba la bestia, empapada en sangre.
Su última víctima estaba partida en dos. A su lado en el suelo dos carroñeros se daban un festín con los despojos entre gruñidos.
Atados en la pared mas alejada a la puerta había un hombre y una mujer, los dos con claros síntomas de haber sido golpeados docenas de veces.
La criatura se giró con un movimiento rápido y haciendo gala de una fuerza inhumana cogió al hombre de la cabeza y le puso el cuchillo en la garganta mientras lo utilizaba de escudo. Los carroñeros al ver interrumpido su comida gruñeron hacía el recién llegado.
El vagabundo dió un paso adelante.
-¿Esta noche no sales de caza?
La criatura soltó al hombre, que cayó y se golpeó la cabeza contra el suelo con un feo crujido, y ladró una orden.
Los carroñeros aun con trozos de carne en la boca y gruñendo se lanzaron contra el anciano.
El anciano hizo un ágil movimiento con la mano y gritó una palabra. La cabeza del carroñero que se encontraba más cerca a él explotó en una lluvia de sangre, huesos y materia gris. El otro carroñero, asustado por la ola de poder que acababa de percibir retrocedió gimiendo como un perro, para colocarse a cierta distancia de él y gruñirle.
La bestia soltó una estridente carcajada.
-Bonito truco, viejo.
-¿No sales de caza? -volvió a preguntarle.
-Hoy no. -respondió con una mueca de amargura en su cara.
-¿Te asusta que haya cazadores en la ciudad?
Sin inmutarse a este comentario sobre su valentía, le contestó:
-Me divierto con algunas antiguas presas. Siempre me guardo algunos juguetes para tiempos difíciles.
La bestia impartió una orden en una extraña lengua al carroñero y este dejó de gruñir para acercarse al cuerpo mutilado y seguir alimentandose. Aunque no le quitaba los ojos de encima al anciano.
El vagabundo paseó su mirada por la habitación y se dirigió a una silla que había cerca de la mujer para sentarse. Cuando tomó asiento la bestia le preguntó.
-Y bien. ¿Para que has venido?
-Quiero hablarte de Ellos. -le respondió mirándole a los ojos.
La bestia soltó un bufido y con un gesto de la mano le dió a entender que no le importaba lo que fuera a decirle. Al viejo no le importo ese desinterés y siguió.
-¿Sabes a cuantos como tú he conocido? -sin dejar que que la bestia respondiera prosiguió. A miles. Y he visto como la mayoría moría a manos de los cazadores sin recibir ninguna de la recompensa que les prometieron.
La criatura respondió alterada.
-¿Y a mi que? Anciano. Yo no soy como los que has podido conocer.
El vagabundo sonrió.
-Todos y cada uno de ellos se creían mejor que su antecesor y en cambió siempre acababan cometiendo los mismos errores y muriendo a manos de los cazadores.
La bestia le gritó enfurecida.
-¡Dime lo que me hayas venido a decir y vete!
La criatura golpeó al hombre que tenia en el suelo varas veces para calmar su ira.
-Bien. -hizo una pausa. A Ellos lo que tú hagas, no les importa. Que tú mueras no les importa. Cada vez que tú matas en su nombre Ellos se hacen más fuertes y tú lo único que consigues es que los cazadores se acerquen cada vez más a tí...
La bestia fue a responderle pero el vagabundo levantó una mano y la hizo callar.
-Yo, antes era como tú. Siempre deseando matar, empapado en la sangre de mis enemigos...
-¿Y como és que nunca te atraparon anciano? -le dijo burlonamente la criatura.
Al vagabundo le cambió el tono de voz y sonó triste y cansado.
-Porque al contrario que tú, yo tenía al mando todo un ejercito de sirvientes y con él conquisté casi todo este apestoso mundo. -sus últimas palabras sonaron casi como si las escupiera.
La bestia dió un paso atrás. Le inundó una extraña sensación. Hasta ahora el anciano había demostrado tener poder... pero muchos eran capaces de hacer esos trucos. Entonces recordó que cuando lo había acuhillado la noche anterior no había sangrado.
Un escalofrío recorrió su espalda.
-¿Quien eres tú? -consiguió decir.
-Yo fui el primero.
La criatura tropezó con el cuerpo del hombre y casi cayó al suelo. Su mente le decía una y otra vez que no podía ser. El primer mensajero. El primer hombre que pacto con Ellos. El traidor de la humanidad. El que los traicionó también a Ellos.
Cuando la bestia consiguió reponerse un poco e intentó volverle a preguntar, un terrible grito de dolor proveniente de la entrada del piso inundó la habitación.
El vagabundo sonrió y dijo:
-Ya te han encontrado criatura.
Y por aquí lo dejamos por hoy...
*Esta es una de mis frases preferidas de El Señor de los Anillos.
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domingo, 15 de agosto de 2010
sábado, 15 de mayo de 2010
Lobos entre los... Parte 2
CAPÍTULO 1, parte 2
EL AVISO
Cuando el vagabundo encontró al niño, este ya estaba muerto.
Un enorme charco de sangre decoraba el suelo y la pared cercana al cadáver.
Arrodillado junto a él estaba la bestia.
-Buenas noches. Dijo el vagabundo mientras se acercaba al asesino.
Este se levantó lentamente para hacer frente a la voz que le había hablado, encontrándose a un viejo con el pelo grisáceo y barba desaliñada. Tuvo el impulso de abalanzarse contra él y matarlo pero entonces se dio cuenta de que no desprendía ninguna aura.
-¿Quién eres? Dijo la criatura.
-Mi nombre no tiene importancia. Le respondió mientras se seguía acercando.
La bestia cada vez dudaba más que ese anciano fuera humano, pensó que podría ser un cazador, pero desechó la idea con las misma rapidez que le había venido.
El viejo volvió ha hablar.
-No les impresionaras mucho, matando a quienes no se pueden defender.
-¿De que hablas anciano?
-Vamos. No hagas como si nunca los hubieras escuchado. Como si nunca los hubieras obedecido. He conocido a muchos como tú. -Tras una breve pausa continuó diciendo.- Demasiados. Y ninguno de ellos lo bastante digno para ser recordado.
Los ojos de la bestia relampaguearon irradiando odio e ira por el insulto.
Soltó un gruñido y le habló.
-Más te vale que desaparezcas... si no... puedes acabar como él. Miró al niño de reojo
El anciano torció la boca con una mueca sarcástica.
-Demasiados. Y lanzó un suspiro.
La bestia con un movimiento rápido se lanzó contra el vagabundo acuhillándolo dos veces en el estomago. Este ni se inmutó. Y cuando quedaron frente a frente le sonrió.
La criatura se alejó del anciano unos pasos con la cara desencajada por el asombro y la frustación. El anciano no sangraba, ni una sola gota le salía de la herida.
-No me puedes matar. Aún no. Cogió el cuchillo por el mango y con un gruñido se lo arrancó lanzándolo al suelo.
-¿Quién eres? Volvió a preguntarle la criatura.
El viejo sin dejar de sonreír le contestó.
-¿Quién sabe? Aunque creo que ninguno de los tres somos lo que parecemos.
Otra vez cogida por sorpresa, la bestia retrocedió un poco más.
-¿Que tres?
-Tú... Yo... Y el cazador que se está dirigiendo hacía aquí.
El asesino giró su cabeza a ambos lados de la calle como si estuviera escuchando algo.
-¿Porque me avisas?
-Nada en especial me impide no avisarte. Nada en especial me impide retenerte. Pero a los ojos de ellos, un cazador si que es una buena presa. ¿No crees?
La bestia olisqueó el aire y empezó a dar síntomas de estar muy nerviosa.
-No caeré en tu truco, viejo. No esperaré al cazador. Tanto tú como yo sabemos que no podría ganarle.
El anciano respondió.
-Ellos no soportan a los cobardes.
La criatura gruñó. Tenía ganas de apuñalar al anciano hasta dejarlo hecho una masa sanguinolenta. Entonces, una idea se le pasó por la cabeza, una cosa era que no sangrará, pero... ¿Que pasaría si le amputara los brazos y las piernas?
Una sonrisa apareció en su rostro. Recogió su cuchillo del suelo. Volvió a olisquear el aire y miró al vagabundo.
-Nos volveremos a ver viejo... Nos volveremos a ver.
Dicho esto, se alejó corriendo.
SALVACIÓN
Por fin el cazador dio con el niño, pero era demasiado tarde. Al lado del cadáver había una figura agachada. Al principio pensó que podría ser un carroñero, pero no desprendía ese olor tan nauseabundo. Tampoco era humano, de eso estaba seguro.
Al acercarse más se dio cuenta que vestía como un mendigo.
-¿Ya se ha ido?
La figura se levantó y se giró hacía él. Era un anciano de pelo y barba grisáceos.
-Hace un rato, creo que esta noche ya no lo encontraras.
-¿Hacía donde se fue?
El anciano apuntó con su dedo por donde se había marchado la bestia.
El cazador cerró los ojos. Dejó que el vació entrará en él. Por unos segundos dejó de sentir todo lo que había a su alrededor y lanzó sus sentidos hacía donde el viejo había indicado. Nada, la bestia ya se había alejado demasiado. Volvió ha abrir los ojos y se encontró mirando de frente al anciano.
-Ya te lo he dicho, esta noche no lo encontraras. Pero no te preocupes, quedan más noches.
-Y más muertos. Respondió el cazador.
-Creo que en parte es culpa mía. Le avisé que venias. -El cazador le miró enfurecido, pero antes de que pudiera decir algo, siguió hablando.- Creí que así le retendría para que se enfrentara contigo. A veces, -siguió explicando el anciano- esas bestias tienen un orgullo mas grande que su cerebro. Pero está creo que apreciaba demasiado su vida. Ir matando hombres por la espalda, mujeres y niños no son grandes botines... Pero no te preocupes, lo encontraras, tarde o temprano.
-Eres un viejo muy extraño... ¿Cual es tú nombre?
El anciano soltó una leve risa.
-Mi nombre no tiene importancia...
Unas sirenas de coches de policía se empezaron ha escuchar a lo lejos.
-Más te vale que te vayas cazador, no tienes un aspecto muy normal...
-Lo mismo te digo anciano. Espero que nos volvamos a ver y que para entonces podamos presentarnos como es debido.
El cazador se alejó siguiendo el leve rastro que aun podía sentir del asesino y dejó al anciano y al niño.
El vagabundo vio alejarse al cazador y cuando lo perdió de vista se arrodilló junto al niño. Con una mano le cerró los ojos mientras con la otra trazaba dibujos complicados en su pecho con su propia sangre. Al acabar de trazar el último símbolo que era una espiral empezó a recitar un cántico con voz queda.
Cuando acabó, el vagabundo se levantó.
No había podido salvar su vida, pero por lo menos si le había salvado el alma.
Las sirenas cada vez estaban más cerca de la carnicería ocurrida esa noche.
Pero el anciano ya había desaparecido entre las sombras.
Aquí lo dejamos por hoy... Continuará...
EL AVISO
Cuando el vagabundo encontró al niño, este ya estaba muerto.
Un enorme charco de sangre decoraba el suelo y la pared cercana al cadáver.
Arrodillado junto a él estaba la bestia.
-Buenas noches. Dijo el vagabundo mientras se acercaba al asesino.
Este se levantó lentamente para hacer frente a la voz que le había hablado, encontrándose a un viejo con el pelo grisáceo y barba desaliñada. Tuvo el impulso de abalanzarse contra él y matarlo pero entonces se dio cuenta de que no desprendía ninguna aura.
-¿Quién eres? Dijo la criatura.
-Mi nombre no tiene importancia. Le respondió mientras se seguía acercando.
La bestia cada vez dudaba más que ese anciano fuera humano, pensó que podría ser un cazador, pero desechó la idea con las misma rapidez que le había venido.
El viejo volvió ha hablar.
-No les impresionaras mucho, matando a quienes no se pueden defender.
-¿De que hablas anciano?
-Vamos. No hagas como si nunca los hubieras escuchado. Como si nunca los hubieras obedecido. He conocido a muchos como tú. -Tras una breve pausa continuó diciendo.- Demasiados. Y ninguno de ellos lo bastante digno para ser recordado.
Los ojos de la bestia relampaguearon irradiando odio e ira por el insulto.
Soltó un gruñido y le habló.
-Más te vale que desaparezcas... si no... puedes acabar como él. Miró al niño de reojo
El anciano torció la boca con una mueca sarcástica.
-Demasiados. Y lanzó un suspiro.
La bestia con un movimiento rápido se lanzó contra el vagabundo acuhillándolo dos veces en el estomago. Este ni se inmutó. Y cuando quedaron frente a frente le sonrió.
La criatura se alejó del anciano unos pasos con la cara desencajada por el asombro y la frustación. El anciano no sangraba, ni una sola gota le salía de la herida.
-No me puedes matar. Aún no. Cogió el cuchillo por el mango y con un gruñido se lo arrancó lanzándolo al suelo.
-¿Quién eres? Volvió a preguntarle la criatura.
El viejo sin dejar de sonreír le contestó.
-¿Quién sabe? Aunque creo que ninguno de los tres somos lo que parecemos.
Otra vez cogida por sorpresa, la bestia retrocedió un poco más.
-¿Que tres?
-Tú... Yo... Y el cazador que se está dirigiendo hacía aquí.
El asesino giró su cabeza a ambos lados de la calle como si estuviera escuchando algo.
-¿Porque me avisas?
-Nada en especial me impide no avisarte. Nada en especial me impide retenerte. Pero a los ojos de ellos, un cazador si que es una buena presa. ¿No crees?
La bestia olisqueó el aire y empezó a dar síntomas de estar muy nerviosa.
-No caeré en tu truco, viejo. No esperaré al cazador. Tanto tú como yo sabemos que no podría ganarle.
El anciano respondió.
-Ellos no soportan a los cobardes.
La criatura gruñó. Tenía ganas de apuñalar al anciano hasta dejarlo hecho una masa sanguinolenta. Entonces, una idea se le pasó por la cabeza, una cosa era que no sangrará, pero... ¿Que pasaría si le amputara los brazos y las piernas?
Una sonrisa apareció en su rostro. Recogió su cuchillo del suelo. Volvió a olisquear el aire y miró al vagabundo.
-Nos volveremos a ver viejo... Nos volveremos a ver.
Dicho esto, se alejó corriendo.
SALVACIÓN
Por fin el cazador dio con el niño, pero era demasiado tarde. Al lado del cadáver había una figura agachada. Al principio pensó que podría ser un carroñero, pero no desprendía ese olor tan nauseabundo. Tampoco era humano, de eso estaba seguro.
Al acercarse más se dio cuenta que vestía como un mendigo.
-¿Ya se ha ido?
La figura se levantó y se giró hacía él. Era un anciano de pelo y barba grisáceos.
-Hace un rato, creo que esta noche ya no lo encontraras.
-¿Hacía donde se fue?
El anciano apuntó con su dedo por donde se había marchado la bestia.
El cazador cerró los ojos. Dejó que el vació entrará en él. Por unos segundos dejó de sentir todo lo que había a su alrededor y lanzó sus sentidos hacía donde el viejo había indicado. Nada, la bestia ya se había alejado demasiado. Volvió ha abrir los ojos y se encontró mirando de frente al anciano.
-Ya te lo he dicho, esta noche no lo encontraras. Pero no te preocupes, quedan más noches.
-Y más muertos. Respondió el cazador.
-Creo que en parte es culpa mía. Le avisé que venias. -El cazador le miró enfurecido, pero antes de que pudiera decir algo, siguió hablando.- Creí que así le retendría para que se enfrentara contigo. A veces, -siguió explicando el anciano- esas bestias tienen un orgullo mas grande que su cerebro. Pero está creo que apreciaba demasiado su vida. Ir matando hombres por la espalda, mujeres y niños no son grandes botines... Pero no te preocupes, lo encontraras, tarde o temprano.
-Eres un viejo muy extraño... ¿Cual es tú nombre?
El anciano soltó una leve risa.
-Mi nombre no tiene importancia...
Unas sirenas de coches de policía se empezaron ha escuchar a lo lejos.
-Más te vale que te vayas cazador, no tienes un aspecto muy normal...
-Lo mismo te digo anciano. Espero que nos volvamos a ver y que para entonces podamos presentarnos como es debido.
El cazador se alejó siguiendo el leve rastro que aun podía sentir del asesino y dejó al anciano y al niño.
El vagabundo vio alejarse al cazador y cuando lo perdió de vista se arrodilló junto al niño. Con una mano le cerró los ojos mientras con la otra trazaba dibujos complicados en su pecho con su propia sangre. Al acabar de trazar el último símbolo que era una espiral empezó a recitar un cántico con voz queda.
Cuando acabó, el vagabundo se levantó.
No había podido salvar su vida, pero por lo menos si le había salvado el alma.
Las sirenas cada vez estaban más cerca de la carnicería ocurrida esa noche.
Pero el anciano ya había desaparecido entre las sombras.
Aquí lo dejamos por hoy... Continuará...
jueves, 13 de mayo de 2010
Lobos entre los hombres
"Llevo unos días pensando que historia poner. No sabía si seguir con El Carcelero o empezar otra.
Al final he decido subir los principios de todas mis historias. Porque, pese a que ocurren en tiempos, realidades y universos diferentes todas están conectadas por algo.
El siguiente relato es otro que a mi me gusta mucho, en este hay más acción y en su primer capítulo nos presenta a la mayoría de los protagonistas.
Aquí os dejo parte del primer capítulo, espero que os guste.
-El Carcelero."
CAPÍTULO 1
EL DEPREDADOR
Era una noche de invierno. La ciudad dormía. Pocos eran los que al esconderse el Sol se atrevían a recorrer sus calles. La Luna, tímida ella, acababa de dejarse ver al salir de una nube.
Su luz mortecina se reflejaba en el agua estancada de un estrecho callejón lleno de inmundicia.
-¡Corre!
El niño miró a su padre que estaba de rodillas en el suelo, sangrando por una terrible herida en el costado.
-¡Corre! Volvió a gritarle su padre.
-No quiero. Balbuceó el niño gimoteando.
-¡Por Dios, vete! ¡Corre! El padre escupió sangre. ¡Se está acercando! Consiguió decir mientras se reponía.
-Papa...
-Corre. Le suplicó el padre en un último intento para que se salvara.
El niño, con los ojos llenos de lágrimas, hecho una última mirada a su padre y se alejó corriendo del callejón.
Una de las puertas que daba al callejón se abrió lentamente.
El hombre intentó levantarse, pero le dolía tanto la herida que no pudo.
Escuchó unos pasos que se aproximaban pausadamente.
Hizo un último intento pero las fuerzas le fallaron.
-No te preocupes. Le dijo una voz al oído. Pronto se reunirá contigo.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, pero ya no veían nada.
Mientras el asesino sacaba el cuchillo de la garganta del pobre desgraciado, olisqueó el aire.
Limpió su arma con la chaqueta del muerto y salió a paso ligero del callejón.
EL VAGABUNDO
Viejo, con una larga túnica marrón, grisácea en algunas partes y llena de mugre. Llevaba la capucha hechada.
Iba caminando por la solitaria calle buscando un refugio donde poder dormir. A menudo le venían violentos ataques de tos en los que tenia que apoyarse para no caerse. Albergada la esperanza de encontrar un banco con cajero automático que estuviera vacío y así poder resguardarse del frío y de la noche.
Cuando por fin lo encontró y se dispuso a entrar, escuchó unos pasos cortos a toda carrera que se dirigían hacía él. Giró su encapuchada cabeza y vio pasar por su lado a un niño de unos ocho años llorando, a toda la velocidad que le daban sus pequeñas piernas.
Se lo quedo mirando hasta que dobló a la izquierda en la siguiente esquina. Al final dejó de escuchar los pasos de aquel extraño niño que ni siquiera le había mirado y con un suspiro de resignación abrió la puerta a su humilde pero acogedor dormitorio.
Al cerrar la puerta y hechar el pestillo para que nadie le interrumpiera lo que iba a ser un apacible sueño, vio a un hombre que le estaba mirando justo detrás de esta.
Sus ojos se encontraron un solo instante y el extraño prosiguió su camino.
Ahora lo entendía todo...
Musito por el niño una antigua plegaria en un extraño idioma a un dios ya olvidado.
Por suerte, pensó, esa bestia no me ha reconocido. Y aunque lo hubiera hecho. ¿Que me podría hacer?... Nada, absolutamente nada. Ni tan siquiera me puede arrebatar lo único que me queda.
Cuando se sentó en el suelo y se dispuso a dormir un tremendo vacío le inundó.
-¿Pero, que puedo hacer? Se dijo en voz alta. Nada, no puedo hacer nada.
Un ataque de tos le hizo doblarse por la mitad.
No puedo hacer nada. Se volvió a decir.
Mientras se le pasaba el ataque se levantó moviendo negativamente la cabeza y salió del cajero.
Con un suspiro se dirigió hacia la esquina donde había perdido de vista al niño.
EL CAZADOR
El cuerpo del muerto yacía en el suelo boca abajo. Se le apreciaba un terrible corte en la nuca que seguramente le había atravesado la garganta.
Un hombre estaba observando el cuerpo con suma atención. Se agachó para darle la vuelta al muerto y entonces vio un segundo corte en un costado, la sangre aun manaba de los dos tajos y en el suelo había un riachuelo rojo que se perdía hasta la entrada de una alcantarilla.
-Bueno... Ya he encontrado al marido. Dijo en voz baja.
Se incorporó y la luna le iluminó.
Tenía el pelo largo, le llegaba hasta la mitad de la espalda. Llevaba unos pantalones negros y una gabardina sin mangas de cuero del mismo color.
En sus brazos llevaba unas muñequeras metálicas con púas y sus botas tenían la punta de hierro rematada en tres pequeñas cuchillas.
Volvió a mirar la puerta por donde había venido. Dentro de aquella casa había encontrado la mujer también muerta. Unos carroñeros se cebaban con su cuerpo. Había tenido que matar a dos para que los otros cuatro salieran huyendo. Menudas bestias mas cobardes, pensó.
Cuando un depredador salía de caza, siempre los carroñeros hacían su aparición devorando los cuerpos de las víctimas. Las malditas bestias tenían un sexto sentido para saber cuando iba ha haber comida fresca.
Volvió a mirar al muerto. Ahora solo le quedaba por encontrar al niño.
Por un momento perdió toda la esperanza de encontrarlo vivo.
Salió del callejón y miro la luna.
Estaba casi completa y desprendía una luz que le ayudo a calmar su creciente pesimismo.
Siempre hay un rayo de luz en la creciente oscuridad, pensó.
Detrás suyo escuchó los sigilosos sonidos de los carroñeros acercándose al muerto. Tuvo que refrenar el impulso del volver a entrar y matar a todas esas despreciables criaturas.
Lo más importante ahora es el niño, se dijo.
Cerró los ojos haciendo caso omiso de los desagradables ruidos que hacían los carroñeros dándose un banquete con el cadáver.
Durante unos segundos todo quedo en silencio y escuchó unos cortos pasos corriendo.
Al volverlos a abrir cruzo la calle, recorrió otra pasando por un banco y giró en la siguiente esquina a la izquierda.
"Y por aquí lo dejamos por hoy.... Continuará..."
Al final he decido subir los principios de todas mis historias. Porque, pese a que ocurren en tiempos, realidades y universos diferentes todas están conectadas por algo.
El siguiente relato es otro que a mi me gusta mucho, en este hay más acción y en su primer capítulo nos presenta a la mayoría de los protagonistas.
Aquí os dejo parte del primer capítulo, espero que os guste.
-El Carcelero."
CAPÍTULO 1
EL DEPREDADOR
Era una noche de invierno. La ciudad dormía. Pocos eran los que al esconderse el Sol se atrevían a recorrer sus calles. La Luna, tímida ella, acababa de dejarse ver al salir de una nube.
Su luz mortecina se reflejaba en el agua estancada de un estrecho callejón lleno de inmundicia.
-¡Corre!
El niño miró a su padre que estaba de rodillas en el suelo, sangrando por una terrible herida en el costado.
-¡Corre! Volvió a gritarle su padre.
-No quiero. Balbuceó el niño gimoteando.
-¡Por Dios, vete! ¡Corre! El padre escupió sangre. ¡Se está acercando! Consiguió decir mientras se reponía.
-Papa...
-Corre. Le suplicó el padre en un último intento para que se salvara.
El niño, con los ojos llenos de lágrimas, hecho una última mirada a su padre y se alejó corriendo del callejón.
Una de las puertas que daba al callejón se abrió lentamente.
El hombre intentó levantarse, pero le dolía tanto la herida que no pudo.
Escuchó unos pasos que se aproximaban pausadamente.
Hizo un último intento pero las fuerzas le fallaron.
-No te preocupes. Le dijo una voz al oído. Pronto se reunirá contigo.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, pero ya no veían nada.
Mientras el asesino sacaba el cuchillo de la garganta del pobre desgraciado, olisqueó el aire.
Limpió su arma con la chaqueta del muerto y salió a paso ligero del callejón.
EL VAGABUNDO
Viejo, con una larga túnica marrón, grisácea en algunas partes y llena de mugre. Llevaba la capucha hechada.
Iba caminando por la solitaria calle buscando un refugio donde poder dormir. A menudo le venían violentos ataques de tos en los que tenia que apoyarse para no caerse. Albergada la esperanza de encontrar un banco con cajero automático que estuviera vacío y así poder resguardarse del frío y de la noche.
Cuando por fin lo encontró y se dispuso a entrar, escuchó unos pasos cortos a toda carrera que se dirigían hacía él. Giró su encapuchada cabeza y vio pasar por su lado a un niño de unos ocho años llorando, a toda la velocidad que le daban sus pequeñas piernas.
Se lo quedo mirando hasta que dobló a la izquierda en la siguiente esquina. Al final dejó de escuchar los pasos de aquel extraño niño que ni siquiera le había mirado y con un suspiro de resignación abrió la puerta a su humilde pero acogedor dormitorio.
Al cerrar la puerta y hechar el pestillo para que nadie le interrumpiera lo que iba a ser un apacible sueño, vio a un hombre que le estaba mirando justo detrás de esta.
Sus ojos se encontraron un solo instante y el extraño prosiguió su camino.
Ahora lo entendía todo...
Musito por el niño una antigua plegaria en un extraño idioma a un dios ya olvidado.
Por suerte, pensó, esa bestia no me ha reconocido. Y aunque lo hubiera hecho. ¿Que me podría hacer?... Nada, absolutamente nada. Ni tan siquiera me puede arrebatar lo único que me queda.
Cuando se sentó en el suelo y se dispuso a dormir un tremendo vacío le inundó.
-¿Pero, que puedo hacer? Se dijo en voz alta. Nada, no puedo hacer nada.
Un ataque de tos le hizo doblarse por la mitad.
No puedo hacer nada. Se volvió a decir.
Mientras se le pasaba el ataque se levantó moviendo negativamente la cabeza y salió del cajero.
Con un suspiro se dirigió hacia la esquina donde había perdido de vista al niño.
EL CAZADOR
El cuerpo del muerto yacía en el suelo boca abajo. Se le apreciaba un terrible corte en la nuca que seguramente le había atravesado la garganta.
Un hombre estaba observando el cuerpo con suma atención. Se agachó para darle la vuelta al muerto y entonces vio un segundo corte en un costado, la sangre aun manaba de los dos tajos y en el suelo había un riachuelo rojo que se perdía hasta la entrada de una alcantarilla.
-Bueno... Ya he encontrado al marido. Dijo en voz baja.
Se incorporó y la luna le iluminó.
Tenía el pelo largo, le llegaba hasta la mitad de la espalda. Llevaba unos pantalones negros y una gabardina sin mangas de cuero del mismo color.
En sus brazos llevaba unas muñequeras metálicas con púas y sus botas tenían la punta de hierro rematada en tres pequeñas cuchillas.
Volvió a mirar la puerta por donde había venido. Dentro de aquella casa había encontrado la mujer también muerta. Unos carroñeros se cebaban con su cuerpo. Había tenido que matar a dos para que los otros cuatro salieran huyendo. Menudas bestias mas cobardes, pensó.
Cuando un depredador salía de caza, siempre los carroñeros hacían su aparición devorando los cuerpos de las víctimas. Las malditas bestias tenían un sexto sentido para saber cuando iba ha haber comida fresca.
Volvió a mirar al muerto. Ahora solo le quedaba por encontrar al niño.
Por un momento perdió toda la esperanza de encontrarlo vivo.
Salió del callejón y miro la luna.
Estaba casi completa y desprendía una luz que le ayudo a calmar su creciente pesimismo.
Siempre hay un rayo de luz en la creciente oscuridad, pensó.
Detrás suyo escuchó los sigilosos sonidos de los carroñeros acercándose al muerto. Tuvo que refrenar el impulso del volver a entrar y matar a todas esas despreciables criaturas.
Lo más importante ahora es el niño, se dijo.
Cerró los ojos haciendo caso omiso de los desagradables ruidos que hacían los carroñeros dándose un banquete con el cadáver.
Durante unos segundos todo quedo en silencio y escuchó unos cortos pasos corriendo.
Al volverlos a abrir cruzo la calle, recorrió otra pasando por un banco y giró en la siguiente esquina a la izquierda.
"Y por aquí lo dejamos por hoy.... Continuará..."
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